wendell berry: en de efensa de lo local y de lo humano

Babel
Javier Hernández Alpizar

Al digno pueblo de Atenco, cuya lucha es universal

“Lo que no es bueno para la comunidad local, no puede ser bueno para la nación.” Wendell Berry, [1]

El epígrafe de Wendell Berry que encabeza este artículo es el tipo de afirmaciones cuya exactitud y claridad es tal que asombra que no sean tenidas por verdades obvias y como tales observadas.

Berry no lo escribió desde principios generales de alguna rara sabiduría, sino a partir de la defensa concreta de una comunidad y de su enfrentamiento con la horda vandálica de los expertos, los técnicos mercenarios al servicio de la industria nuclear, entrenados para minimizar las opiniones de los habitantes de las comunidades afectadas, con la mediocre seguridad de saber que ni ellos ni sus familias viven en el radio de riesgo de la planta nuclear que van a construir.

Claramente Wendell Berry expresa el desarraigo alienante de los técnicos, habitantes del mundo de la razón instrumental e indolente:

“Después de todo, para ser capaz de profanar, de poner en peligro un lugar, uno debe ser capaz de abandonarlo y olvidarlo. Nunca debe pensar en ningún lugar como el hogar de uno. Nunca debe pensar en ningún lugar como el hogar de alguien.”

Ante el autoritarismo parapetado en la ciencia y los expertos, Wendell Berry toma partido por los seres humanos de carne y hueso que viven en su lugar, lo aman y lo defienden. Ese mundo concreto de la vida, de la comunidad, a ras de suelo, es el que puede dar sentido a procesos tan delicados y necesarios como la educación:

“Si esta educación se va a utilizar bien, es obvio que debe ser utilizada en alguna parte; debe ser utilizada donde uno vive, donde uno intenta continuar viviendo; debe ser traída a casa.”

Wendell Berry opone a la competitividad, uno de los elementos fundamentales del darwinismo social y el capitalismo salvaje de nuestros días, el placer que se obtiene de trabajar en la tierra, al lado de los cercanos, en el arraigo de la tradición cultural propia.[2]

La creación de un mundo con unos muy pocos ganadores y con una inmensa mayoría de derrotados, incluidos lugares derrotados y devastados, es al final de cuentas la derrota de todos. Es la victoria pírrica más ridículamente trágica: derrotar y destruir lo que te da sustento, lo que te da vida: la demolición sistemática de la sustentabilidad. A eso llaman competitividad y le sacrifican todo valor humano: ayuda mutua, respeto, solidaridad, en fin, esos lujos de lo humano que una economía de abstractos homo economicus no puede permitirse.

Algo más sobre el lugar

Recientemente, en un excelente libro sobre poesía, encontré una reflexión sobre el lugar, en oposición a las abstracciones generalizantes, texto que empata en gran medida con la anterior reflexión de Wendell Berry.

“Habría que buscar, para descongestión del lenguaje propio y ajeno, el punto histórico de sustitución de la idea o el sentimiento del lugar por el más abstracto de patria. Porque en lo moderno la patria ha absorbido o anulado el lugar y, siendo como es mayor nuestra pertenencia a la viviente realidad de éste que a la cristalizada retórica de aquella, la impuesta noción de patria en vez de ser más universal lo es menos y en vez de realizarnos nos desrealiza.

“Puede aparecer la patria, así desprovista de su natural raíz, como robusta matrona, como airosa bandera, como música entre marcial y solemne, o asumir otras muchas representaciones análogas, de las que se desprenden ciertas formas de emoción convencional, a veces notoriamente falsificada. El lugar no tiene representación porque su realidad y su representación no se diferencian. El lugar es el punto o el centro en el que se circunscribe el universo. La patria tiene límites o limita; el lugar, no. Por eso tal vez fuera necesario ser más lugareño y menos patriota para fomentar la universalidad.”[3]

En efecto: el ser humano tiene que habitar, su forma de ser es habitar, pero no habita en abstracciones, lo hace siempre en un lugar concreto, en un entramado de relaciones humanas concreto: las abstracciones como nación, patria u otras más “globales” no tienen sentido si no tienen raíz en un lugar, donde viven comunidades, grupos humanos concretos. Sacrificar la comunidad y lo local en aras de un interés más global, no es sino una manera de desrealizarnos, desarraigarnos, destruirnos.

[1]Wendell Berry, en el artículo “En defensa de nuestros hogares y comunidades”, en el suplemento “Opciones” No. 38 del diario El Nacional del 25 de junio de 1994. págs. 18-19.

[2] Wendell Berry, “Por una búsqueda austera del placer”, suplemento “Opciones” No. 17 del diario El Nacional de septiembre de 1992. págs. 6-9.

[3] José Ángel Valente, “El lugar del canto”, en Las palabras de la tribu, pág. 30.

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