Fin del nacionalismo revolucionario

Por Guillermo Nuñez López / Dossier Político

En la ley económica que rige al modelo de producción actual del capitalismo monopólico impulsado por el Estado mexicano; subyacen contradicciones sociales generadoras de gran concentración y acumulación de enormes riquezas en unas cuantas familias, mientras; las mayorías,  viven en  pobreza extrema.

El antiguo régimen político que hoy se está reformando, olvida el principio constitucional de “democracia y justicia social”, no solamente  permite, sino que acrecienta y perpetúa el grado de explotación laboral, comercial y crediticia; al que se resignan éstas, para no morirse de hambre.

Si bien es cierto, el reformismo peña nietista se fundamenta en la economía de libre mercado, no es menos cierto, que no la regula, ya que los precios generalmente los fija la ley de la oferta y la demanda.

No obstante lo anterior; cuando conviene, el Estado benefactor,  interviene fijando precios mediante subsidios y pactos económicos que en casos de crisis, equilibren el mercado, pero; al costo de resarcir pérdidas a la oligarquía industrial, comercial y financiera, ante  la disminución de sus ganancias.

En cambio; sí restringe la  equidad y justicia social en materia laboral, en el  intercambio desigual de mercancías, y; en el consumismo enajenado.

Luego; política reformista y mercado, se funden en una fingida libertad individual de ser, de tener y decidir, vendiendo, comprando o eligiendo ad infinitum, en una fantasía consumista que llena de felicidad o angustia.

Finalmente, el “nuevo” PRI peña nietista,  para defender las reformas constitucionales, desempolva la carcomida apología  fundamentalista del viejo PRI sobre el paradigma de las bondades del libre mercado.

 En este reparto desigual, donde las ganancias son para unos pocos y las pérdidas son para muchos; el ciudadano mexicano obtiene una restringida libertad,  al convertirse fatídicamente en otra mercancía fetiche más, cuya conciencia individual y colectiva es dirigida, inducida y manipulada remotamente por la estructura piramidal reinante, y en el mercado; por  los oligarcas que le extraen su último aliento convertido en dinero.

Desde el seno de ésta estructura piramidal gubernamental-social,  hilada para y por el poder, se forma un embudo invertido,  cuyas piezas están ordenadas de tal manera, para perpetuar en el pueblo mexicano no solo su explotación, sino la resignación fatalista, de obediencia, de sometimiento y sumisión ciudadana al conductor político reformista que se rinde al oligarca.

En ésta priramide revertida, solo se reconocen a dos tipos de personajes. En la cúspide; los que mandan  y detentan el poder que da dinero, en la base; los que obedecen y se someten a quienes lo tienen para obtener parte de él, en una especie de comensalismo e idolatría.

La estructura piramidal, replica al modelo de producción capitalista vigente  que se engendró y parió en la era del nacionalismo revolucionario, cuando el viejo PRI dio impulso a la economía mixta, una especie de economía con tintes socialista basada en la libertad de mercado pero planificado y regulado por el gobierno  centralista rector para impulsar el desarrollo sustentable del país.

Esta estructura política de coexistencia pacífica; oligarca-gobernante, a efecto de perdurar, trató de realizar justicia social favoreciendo al más necesitado, pero, en su seno creó la negación de aquel modelo económico disfuncional priista, impulsando al capital privado junto a inversiones públicas de aquellas empresas que el gobierno consideraba no estratégicas, pero reservándose el 51% de las acciones de capital como socio mayoritario para no afectar históricamente, primero; su existencia y preservación, segundo;  la seguridad y soberanía nacional.

Empero; ante la incompetencia, corrupción e impunidad  en el derroche presupuestal, se agrietó el embudo piramidal forjado en la “justicia social”.

Instrumentadas desde el gobierno de Luis Echeverría hasta el de Miguel de la Madrid, ocurrieron masivas y estratégicas nacionalizaciones hechas para contener y detener la oleada de severas devaluaciones e inflaciones económicas que pusieron al borde del abismo la quiebra e  integridad nacional.

La paradoja fue durante el sexenio de Carlos Salinas, cuando el viejo PRI-gobierno se decide por abandonar como disciplina política,  el control y la estricta regulación estatal  sobre la economía de libre mercado, surgen una serie de grandes privatizaciones; dando apertura al Tratado de Libre Comercio para América del Norte como solución y panacea al desastre económico hecho por la mala planificación y regulación económica centralista.

Tanto Carlos Salinas como su sucesor Ernesto Zedillo, presidentes economistas revolucionarios, le dan vuelta a la hoja al pretendido nacionalismo revolucionario, que casualmente nace por efecto de la expropiación petrolera cardenista, y; fenecerá, con la privatización Peña Nietista de la misma.

El PRI clasista “de los pobres” en alianza con el PAN privatizador reaccionario, están regresando el paradigma del control de la economía política y del mercado nacional, como antes lo hiciera el dictador Porfirio Díaz, a las más de 20 familias oligarcas que se vieron beneficiadas con el nacionalismo revolucionario mediante empréstitos y subsidios del gobierno, y que ahora surgen en el nuevo modelo económico mexicano como las principales dueñas de monopolios exclusivos y de enormes riquezas protegidas y solapadas por el gobierno de Peña Nieto.

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