Lágrimas de cocodrilo por Lampedusa

Italia, 23 de octubre.-
Layla Nassar

El naufragio de una patera en Lampedusa el pasado 3 de octubre, con un balance de al menos 359 muertos, nos ha recordado un drama tan cotidiano que normalmente pasa desapercibido. En su blog Fortress Europe, el periodista italiano Gabriele del Grande recoge el macabro recuento de muertos en el Mediterráneo, a partir (sólo) de las noticias publicadas en la prensa: desde 1998 , al menos 19.372 personas se han ahogado en pateras intentando llegar a Europa.

Los muertos están muertos, pero parece que se vuelven a ahogar en las lágrimas de cocodrilo de los dirigentes europeos. El presidente de la Comisión Europea , Durao Barroso, se dice consternado, pero la verdad es que la única política migratoria de la UE es el control de fronteras . Y para esto no hay recortes: el presupuesto de Frontex, la agencia europea que vigila el mar y las fronteras terrestres, ha pasado de 6 millones de euros en 2005 a 84 millones el año pasado. Pero en el cementerio de Lampedusa ya no cabe nadie más. Llenar el Mediterráneo de patrulleras, helicópteros y balizas no frena la inmigración: sólo hace el viaje más largo… y más letal. «Si no queréis muertos, poned un barco Trípoli – Roma», decía una pancarta en la protesta de los vecinos de Lampedusa durante la visita a la isla de Barroso y el primer ministro italiano Enrico Letta.

Las puertas de entrada a Europa se hacen más pequeñas y más peligrosas y, como ocurre con el tráfico de drogas, los contrabandistas de jóvenes y trabajadores, de familias enteras que huyen del hambre o la guerra, hacen su agosto con los que no tienen alternativa. Cada muro que se levanta en Europa abre un nuevo negocio para las mafias, que se lucran de la desesperación.

Duele leer ahora frases como « la tragedia de Lampedusa no desanima a los inmigrantes», como si jugarse la vida en una patera para llegar a Europa fuera una opción, o un deporte de aventura . Pero la realidad es que para la UE sólo se trata de construir una fortaleza, de levantar muros , de abordar la inmigración como un problema de orden público …

Esta política no frena la inmigración, pero atiza la xenofobia: el discurso que habla de pateras llenas de inmigrantes ilegales que vienen a aprovecharse de nuestros derechos es el mismo que justifica las evacuaciones de los campamentos gitanos, la detención de una estudiante de 15 años en una excursión del instituto francés para deportar a Kosovo, los 58.000 mensajes que ha enviado el gobierno británico para decir a sus destinatarios que deben abandonar el país … Para competir electoralmente con la extrema derecha (que se hace fuerte en los miedos de las clases medias y populares) Hollande , Cameron, Letta o Samaras le hacen el juego.

Es una lástima que los medios no se hayan preocupado de dar voz justamente los protagonistas de esta historia. Casi no hemos oído entrevistas con los supervivientes, el relato de su periplo, qué les ha llevado a subir a la patera y quién se ha beneficiado. Sólo nos enseñan el triste espectáculo de cuerpos temblorosos. Porque escucharlos sería peligroso. Si los escucháramos descubriríamos que lo que nos presentan como inmigrantes ilegales, o en el mejor de los casos pobres náufragos indefensos, son en realidad trabajadores que vienen a ganarse la vida, o refugiados que huyen de la guerra o de la persecución política o étnica. Los vecinos de Lampedusa lo saben y por eso se vuelcan (ellos sí, cada día) en la solidaridad, contra una ley (la Bossi-Fini , de la época en que Berlusconi gobernaba con la ultraderecha) que amenaza con penas de prisión a los pescadores que se les encuentren y los salven de una muerte segura al mar. Y es justamente esta solidaridad lo que los Hollandes europeos quieren evitar a toda costa. No quieren que en lugar de una amenaza los vemos como lo que son: nuestros hermanos de clase, víctimas de los mismos intereses que destrozan nuestros derechos y nuestro futuro.

Si pudiéramos escuchar a los supervivientes de Lampedusa, entenderíamos que por más crisis que haya en Europa y por más policías que se quieran poner en las fronteras, lo que cuenta son las terribles condiciones en sus países de ori gen. Los hay que huyen del paro y el hambre y paradójicamente llegan a Grecia o a Bulgaria, el país más tocado por la crisis del euro y el más pobre de la UE. Saben bien que a ni en Sofía ni en Atenas hay trabajo, pero son los pasos para entrar en un norte que -como para muchos jóvenes españoles o griegos- es la única esperanza. La guerra de Mali, la guerra de Siria , el caos en Somalia, la represión en Eritrea, el hambre en muchos estados africanos hará que continúen viniendo. Ayer eran senegaleses en Canarias, hoy sirios en Lampedusa.

Es una lástima que no los hayamos podido escuchar, porque entonces también habríamos descubierto que muchos de los ocupantes de las pateras son candidatos a recibir la protección internacional de una Europa que va por el mundo presumiendo de garantías democráticas. Entre las 31.000 personas que han llegado entre enero y septiembre en las costas italianas hay 7 . 5 0 0 eritreos que huyen de la d i c t a d u r a , 3 . 0 0 0 somalíes que escapan de la violencia….

y 7.500 sirios refugiados de guerra. La Europa democrática no da visados a los demandantes de asilo: sólo tienen la alternativa de jugarse la vida en una patera que les lleve hasta una frontera de la fortaleza.

Los que llegan vivos no pueden pedir protección porque se encuentran con la las leyes de extranjería y la deportación automática a cualquier país del norte de África que esté lo suficientemente untado para hacer de policía de las fronteras de Europa.

La Europa que se llena la boca denunciando las atrocidades químicas de Al Asad cierra la puerta a quienes huyen de ellas. Al menos se podrían ahorrar las lágrimas de cocodrilo.

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