¿Quieren revivir a AMLO o a Marx?

Permítanme ir más allá del debate sobre la reforma energética en México y cuestionar algunos axiomas neoliberales que están detrás de la manía privatizadora. A finales del siglo XX, con el derrumbe del socialismo real y la entronización del modelo económico globalmente correcto, se inició una espiral de exaltación de lo privado y repudio de lo público que desprestigió todo lo que oliera a sociedad políticamente organizada y trajo la desregulación financiera y la crisis de 2008. Y es que la desaparición de la amenaza marxista ensoberbeció al establishment capitalista y le hizo blandir de nuevo su mano invisible, con todo y su mal de Parkinson. El temor al contagio revolucionario lo había hecho aceptar la construcción del Estado de bienestar pero, una vez que el fantasma que recorría Europa fue sepultado bajo los escombros del socialismo real y arreció la presión demográfica, el camino de regreso al Estado Guardián quedó desbrozado.

Esa involución desvirtuó entre otras cosas a la democracia representativa. Su secuela, por cierto, ha pavimentado la calle más larga del mundo, que va de Madrid a Río de Janeiro pasando por Nueva York y muchas otras ciudades y en la que caben millones de ciudadanos que protestan contra una partidocracia que parece preferir la quiebra de la sociedad antes que la de las grandes corporaciones. En este contexto, la idea de que la inversión privada se asemeja a la panacea y la competencia al deus ex machina -según la cual nada justifica que no se compita en alguna zona de la economía, algo que a menudo se extrapola a todos los espacios de convivencia humana a guisa de darwinismo social- me parece asaz peregrina. En el caso del petróleo mexicano, además, percibo en la corrupción un problema mucho más grave que la supuesta falta de capital. Y no veo ninguna propuesta para solucionarlo más que la fe ciega en una mayor participación de los empresarios, pese a que la ineficiencia de Pemex deriva del saqueo al que la han sometido funcionarios gubernamentales, líderes sindicales e inversionistas nacionales y extranjeros igualmente corruptos. Coincido con Cuauhtémoc Cárdenas: el fisco debe dejar de expoliarla y rellenar el hoyo con una reforma hacendaria que de veras cobre más a quienes más ganan. Por eso, porque una verdadera empresa pública podría vincularse en determinados proyectos con la iniciativa privada, la privatización es a mi juicio tan innecesaria como distorsionante es el statu quo.

Pero volvamos al trasfondo dogmático. ¿Por qué asumen como prototipo el chorreo neoliberal imperante, que inunda las alforjas de una minoría opulenta para que rebosen unos chorritos a la mayoría social? ¿No se han dado cuenta de que la desigualdad no es sustentable, de que hornear un pastel más grande para que se lo coman los pocos que tienen mucho, dejando a los muchos que tienen poco unas cuantas migajas, no solo es injusto sino también subversivo? Combatir la pobreza a costa del aumento de la iniquidad es una receta efectista y peligrosa. ¿No les preocupa que nuestro índice Gini después de impuestos quede en un nivel tan ignominioso como antes, ni que exista una enorme disparidad de sueldos? Según un estudio de Hay Group (EL UNIVERSAL, 26/07/13) los ejecutivos de nuestra capital ganan 11.3 veces más que los trabajadores, mientras en Oslo ese diferencial es de 2.6. Y ya que hablamos de Noruega, ¿por qué ni siquiera contemplan el modelo de una empresa pública eficiente como Satoil, que ha contribuido a construir una sociedad equitativa como no podría hacerlo ninguna empresa privada?

Sobran supuestos cuestionables y mexicanos más papistas que el Papa. Lo deplorable de ese “papismo” no está en los que creen honestamente que privatizar parte de la renta petrolera es un imperativo de desarrollo, quienes merecen respeto, sino en algunos políticos y hombres de negocios que impulsan los nuevos dogmas de la economía para engrosar sus fortunas al amparo del tráfico de influencias (si la reforma tiene visión de futuro, dicho sea de paso, incluirá las nuevas energías renovables, aunque parece que los particulares solo quieren redimirnos con los más rentables hidrocarburos). Por lo demás, si bien la reforma energética ha unido a dos partidos fracturados -al PAN a favor y al PRD en contra- también ha dividido a la sociedad y ha incubado un germen de radicalización. Ojo: está de por medio la crisis de identidad de la izquierda, que en esta aldea global -o mejor, globo aldeano- ha sido orillada a parecerse cada vez más a la derecha. El problema es mundial, y los brotes de rebelión tienen que ver con la voracidad y la miopía de las élites económicas. ¿No les dicen nada los altermundistas, la Primavera Árabe, los indignados, el Occupy? ¿No han aprendido la lección de la historia que demuestra que el detonador de las revoluciones no suele ser la intransigencia de los revolucionarios sino la de quienes se oponen a la menor merma en sus privilegios? Empecinarse en recrear el capitalismo salvaje puede invocar el socialismo salvaje. Olvídense de López Obrador; a quien están reviviendo es a Marx.

@abasave
Académico de la Universidad Iberoamericana

Fuente:
Anuncios
Esta entrada fue publicada en Defensa del Petróleo, Opinión. Guarda el enlace permanente.

Nos interesa lo que piensas, déjanos tu comentario.

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s